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updated 5:22 AM CEST, Jun 10, 2021

Economía colaborativa hace mil años: la lectura compartida

La lectura silenciosa era poco común hasta el final del siglo 18. Así era el alfabetismo, a un grado similar. Dicho esto, ¿eran las personas analfabetas impedidas de  acceder a libros y manuscritos, novelas y poemas, cartas y notas diarias? Al contrario. Una forma temprana de la economía colaborativa floreció a lo largo de los siglos.

Hace mil o quinientos años, en realidad no importaba si alguien leía textos en voz alta o en silencio cuando era solo. Leer y escribir era el privilegio de una minoría muy pequeña. Pero, al no estar solo, las cosas cambiaron drásticamente. ¿Quiénes estaban escuchando? ¿Qué pasó con los analfabetos que formaban la gran mayoría de la gente? La respuesta puede ser inesperada: economía colaborativa. Algunos tenían la habilidad de leer y la compartían con los que no la tenían. El resultado era  penetrante.

La cita principal y el punto de referencia que los historiadores y lingüistas tienen en la mente y que demuestran lo raro que era la lectura silenciosa, se puedeencontrar en las Confesiones de Agustín, el Padre de la Iglesia, del siglo 4 después de Cristo. Él narró con asombro lo que vio al encontrarse con el famoso Ambrosio, obispo de Milán (Italia). En el libro 6, capítulo 3 Agustín elaboró varias ideas acerca de por qué lo hizo:

“… cuando leía, llevaba los ojos por los renglones y planas, percibiendo su alma el sentido e inteligencia de las cosas que leía para sí, de modo que ni movía los labios ni su lengua pronunciaba una palabra. […] y siempre le vi leer silenciosamente, […] para sí, nunca de otro modo. […]¿quién se había de atrever a interrumpir con molestia a un hombre que estaba tan embebido en lo que leía? […] el leer de aquel modo sería acaso para no verse en la precisión de detenerse a explicar a los que estaban presentes, y […] por no distraerse en disputar de otras cuestiones más intrincadas, [...] Sin embargo, el conservar la voz, […] podía también ser causa muy suficiente […]; en fin, cualquiera que fuese la intención con que aquel gran varón lo ejecutara, sería verdaderamente intención buena.”

Aquí  la excepción confirma la regla. Tenemos varias fuentes que atestiguan que nobles y profesionales erúditos, letrados y educados eran simplemente incapaces de leer en silencio.

Bibliotecas antiguas y modernas, y hogares ordinarios se llenaron con sonidos ambientales especiales - la gente susurrando, recitando y contando.

Los libros representaban una proporción pequeña en el inmenso océano de textos contemporáneos. Se inventó la imprenta sólo en el siglo 15. Antes y mucho tiempo después, los manuscritos ocuparon (la mayor parte de la piscina de los escritos?). Un gran número de libros de fama mundial, obras de teatro, poemas se  conservaron sólo en forma de escritos a mano. Dado que no existían “tiendas de manuscritos”, donde uno podría haber comprado y distribuido (digamos) 50 números de una obra de Shakespeare, uno necesitaba copiarlos y leerlos en voz alta. Y la gente se reunió alrededor de ellos. Los pocos que sabían leer, nobles, clérigos, miembros de los gremios, intelectuales, funcionarios, profesores, notarios, abogados, ciertos empleados, médicos, arquitectos, comerciantes, pintores compartían esta habilidad con cualquier persona en el hogar, en la calle o durante un largo viaje .

Sorprendentemente,

la gente común  no sólo se incluyó (de forma remota?) e indirecta en el consumo de obras literarias, libros de viajes y enciclopedias de vegetales y hierbas. Podían seguir con facilidad los trabajos más sofisticados también, llevando un montón de referencias difíciles a la mitología antigua, a la historia y la Biblia, con todo tipo de metros, pies y sílabas.

Probablemente tan bien como nosotros al estar en el teatro o en una iglesia, instituciones que han mantenido estas antiguas tradiciones vivas hasta cierto punto. La comunicación era tan social y colectiva como hoy, con mucha improvisación. Era suficiente si en la familia o en un grupo había  una sola persona con habilidades de leer quien podía correr la voz, difundiendo el texto. Una gran cantidad de ciudadanos tenía una memoria muy buena, una facultad de la mente que era mucho más requerida y necesaria entonces que hoy, así las lecturas muchas veces funcionaron perfectamente sin tener  copia física.

Como consecuencia de ello, “publicar” algo significaba mostrarlo primero para el público, a los amigos, a la comunidad en primer lugar. Los textos tenían una estructura, una orientación específica y  agrupación de subtextos para permitir y facilitar la lectura en voz alta y la recepción por parte de los oyentes.

La combinación de la lectura en voz alta y la audiencia  colectiva en silencio es lo que llamo lectura  histórica compartida.

Podríamos pensar que la economía colaborativa es una invención moderna, pero de una forma menos desarrollada, articulada y comercializada había precedido mucho nuestro siglo.

En lugar de enumerar miles de ejemplos, aquí muestro  una de las obras literarias más populares de la historia. El capítulo XXV de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, escrito por Cervantes, tiene un final revelador, gráfico e ilustrativo:

“Obedeciéronle don Quijote y Sancho, y vinieron donde ya estaba el retablo puesto y descubierto, lleno por todas partes de candelillas de cera encendidas que le hacían vistoso y resplandeciente. En llegando, se metió maese Pedro dentro dél, que era el que había de manejar las figuras del artificio, y fuera se puso un muchacho, criado del maese Pedro, para servir de intérprete y declarador de los misterios del tal retablo: tenía una varilla en la mano, con que señalaba las figuras que salían. Puestos, pues, todos cuantos había en la venta, y algunos en pie, frontero del retablo, y acomodados don Quijote, Sancho, el paje y el primo en los mejores lugares, el trujamán comenzó a decir lo que oirá y verá el que le oyere o viere el capítulo siguiente.”

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